Para aquellos que no vivís en el reino metálico, un mapa de las tuberías es un galimatías, un rompecabezas, un galicabezas e incluso un rompematías.
Aquí ponemos a vuestra disposición (¡y explicada!) una pequeña parte del mapa que los Indeseables utilizan en sus viajes de tubería en tubería.
Es solo un trocito. Pero ya sabéis que el emplazamiento de la Gran Tubería es un secreto que no debe ser descubierto.
Un trocito del mapa de las tuberías
Armilla, de Italo Calvino
Existen otros textos llenos de tuberías y quizá el más bello de ellos es el que creó la inteligencia mágica de Italo Calvino: la ciudad de Armilla.
“Si Armilla es así por incompleta o por haber sido demolida, si hay detrás un hechizo o sólo un capricho, lo ignoro. El hecho es que no tiene paredes, ni techos, ni pavimentos: no tiene nada que la haga parecer una ciudad, excepto las cañerías del agua, que suben verticales donde deberían estar las casas y se ramifican donde deberían estar los pisos: una selva de caños que terminan en grifos, duchas, sifones, rebosaderos. Contra el cielo blanquea algún lavabo o bañera u otro artefacto, como frutos tardíos que han quedado colgados de las ramas. Se diría que los fontaneros han terminado su trabajo y se han ido antes de que llegaran los albañiles; o bien que sus instalaciones indestructibles han resistido a una catástrofe, terremoto o corrosión de termitas.
Abandonada antes o después de haber sido habitada, no se puede decir que Armilla esté desierta. A cualquier hora, alzando los ojos entre las cañerías, no es raro entrever una o muchas muchachas jóvenes, espigadas, de no mucha estatura, que retozan en las bañeras, se arquean bajo las duchas suspendidas sobre el vacío, hacen abluciones, o se secan, o se perfuman, o se peinan los largos cabellos delante del espejo. En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las duchas, los chorros de los grifos, los surtidores, las salpicaduras, la espuma de las esponjas.
La explicación a que he llegado es ésta: de los cursos de agua canalizados en las tuberías de Armilla han quedado dueñas ninfas y náyades. Habituadas a remontar las venas subterráneas, les ha sido fácil avanzar en su nuevo recinto acuático, manar de fuentes multiplicadas, encontrar nuevos espejos, nuevos juegos, nuevos modos de gozar del agua. Puede ser que su invasión haya expulsado a los hombres, o puede ser que Armilla haya sido construida por los hombres como un presente votivo para congraciarse con las ninfas ofendidas por la manumisión de las aguas. En todo caso, ahora parecen contentas las mujercitas: por la mañana se las oye cantar.”
Fragmento de Las ciudades invisibles, Italo Calvino (Editorial Siruela, 1998).
Motivos para la simpatía
Luis Daniel González, responsable de la web “Bienvenidos a la fiesta“, habla de Mil millones de tuberías, un libro de los que “por alguna o algunas razones previas a la lectura (o más bien motivos y no razones), me caen bien”:
Mil millones de tuberías, de Diego Arboleda y Raúl Segospe, trata sobre qué pasa, en una ciudad llena de fábricas, metal y tuberías, cuando en el jardín de la casa de un niño llamado M cae un meteorito: los científicos del reino lo desean a toda costa pero M no se lo da y acaba envuelto en una rebelión contra el gobierno.
A mí me ocurre que hay relatos que, por alguna o algunas razones previas a la lectura (o más bien motivos y no razones), me caen bien. En este caso fueron: que el texto de contraportada es tumbativo y que, a simple vista, la integración con las imágenes parecía conseguida y sugerente. Luego, al entrar en la historia, lo leí rápido con interés por saber el final y esto es otro tanto a favor. Y los defectos que me pareció ver —como que podría tener un desarrollo más claro— quedaron en segundo plano ante algunos hallazgos de palabras —Alboratorio, por ejemplo—, y ante la personalidad cabezona del protagonista —«uno de esos niños que sabían contestar y fastidiar a la vez».
¡Palacitis!
Los habitantes de palacio no son lo que se dice simpáticos: estirados y presumidos, les gusta mirar por encima del hombro a todo aquel que no vive como ellos en el palacio de las tuberías.
El padre de M tiene incluso la teoría de que el carácter de los habitantes puede infectarle a uno:
—Ten cuidado —le advirtió con falsa seriedad el padre—, dicen que la palacitis en muy contagiosa. Tres horas entre esa gente y la nariz te comienza a subir, los ojos a entrecerrarse y… y ya no hay salvación.
Las cubiertas que no llegaron a serlo
M asomado al interior de una tubería, con expresión de asombro. El cielo azul a su espalda y enfrente de él un mundo metálico y subterráneo por descubrir.
Esta es la ilustración de cubierta que aparece en todos los ejemplares que recogen las aventuras de M en el reino de las tuberías, pero no fue la única propuesta que se barajó.
Aquí os mostramos otros tres bocetos realizados por Raúl que quisieron también ser ilustraciones de cubierta, pero no lo consiguieron. Puedes pulsar sobre cada imagen para verla a mayor tamaño.
¿Qué os parecen? ¿Alguna de ellas os gusta más que la que finalmente se usó?
Si arreglaras tuberías…
Los Indeseables son unos personajes muy particulares, que tienen una visión muy especial del mundo. A ellos les encantaría que el Rey bajara con ellos a las tuberías y se dedicara a desatascarlas y limpiarlas hasta dejarlas relucientes. De momento, eso es algo que no han conseguido, pero se desahogan cantando canciones como esta:
A este Rey de las manías
nuestros hombres raptarán:
limpiará las cañerías,
buscará sus guarrerías
escuchando: «¿Ves, patán?
Si arreglaras tuberías
tú verías dónde están.
Es normal que no sonrías,
todas esas porquerías
porque rías no se irán».
Y es que aquí todos los días
reparamos averías
de los tubos de Su Alteza.
Y como es un chapucero
vamos, sí, a subir primero
¡y arreglarle la cabeza!
Correr la cortina
En toda aventura hay un momento en el que hasta el héroe más aguerrido se hace las TRES PREGUNTAS:
1. Pero… ¿cómo diablos he llegado hasta aquí?
2. ¿Qué pinto yo en esta aventura?
3. ¿Y si me vuelvo a casa?
Un héroe, si es un héroe espacial, puede recuperar el conocimiento en un planeta extraño, después de haber estrellado su nave allí. Si se trata de un guerrero medieval, no será en un planeta: abrirá los ojos en lo alto de una torre inexpugnable y pensará: «¿Dónde estoy? Hum, no debí haber bebido esa burbujeante pócima».
¿Y un niño? Bueno, un niño puede despertar en muchos sitios. Pero si es un niño del reino de las tuberías, es muy posible que se trate de nuestro protagonista, M. Y si hablamos de M, lo más probable es que despierte en una tubería, en uno de los dormitorios de la Resistencia. Y entonces se hará las tres preguntas. Pero después, sentado en la cama, mirará la entrada de la tubería, y se hará una cuarta pregunta:
4. ¿Qué habrá tras esa cortina?
Y se olvidará de las tres primeras preguntas, se levantará y, como buen héroe, hará lo que todos esperamos de él: correr la cortina.
Hablemos del color verde
Dicen que el verde es uno de los colores más frecuentes en la naturaleza. Las plantas suelen ser de color verde, porque contienen clorofila. La clorofila es un pigmento que les sirve a las plantas para muchas cosas, entre otras, la de poder ser de color verde.
Si no tuvieran clorofila las plantas no tendrían más remedio que hacer lo que han hecho los pintores durante siglos: mezclar azul y amarillo, porque si mezclas azul y amarillo el resultado es un bonito color verde.
La cuestión es que en el reino de las tuberías el verde no es en absoluto un color frecuente, no solo en las plantas, sino en ningún sitio. Si fuerais un habitante de este reino y de repente mirarais el suelo y descubrierais que lo que pisáis no es la habitual hierba gris, haríais lo que está haciendo M ahora mismo: dar un salto como si el césped ardiera, y os apartaríais intentando no dañarlo.
Recordad siempre que el verde puede ser un color muy especial, sobre todo en los lugares en los que es muy difícil, casi imposible, encontrarlo.
¡Hey, M, cuidado! ¡No lo pises!
Reseña en ‘Literatura infantil y juvenil actual’
“Mil millones de tuberías es fundamentalmente un libro de aventuras que se desarrolla en ese particular mundo de tuberías y metal. La trama funciona muy bien, apenas da descanso al lector. Aunque no nos demos cuenta, hay bastantes pistas de lo que se descubre al final.
Normalmente en los libros juveniles no suelo poner en el título del tema el nombre del ilustrador, porque suelen tener pocas o ninguna ilustración, pero en este caso es imposible no nombrarlo: Raúl Sagospe. No hay una página del libro sin ilustrar, y consigue dibujar con solvencia ese complejo mundo imaginado por Diego Arboleda. Además, se nota una coordinación no sé si personal o al menos editorial, al sustituir texto por imágenes (pág. 131: Alboratorio) o al hacer mención expresa a la ilustración (pág. 150: Esta batalla:)”
Lee la reseña completa en ‘Literatura infantil y juvenil actual’









